La Amazonía y su rol decisivo ante un planeta en crisis

‘Cambio climático 2021: la base de la ciencia física’ es el resultado de más de 5 años de trabajo y un exhaustivo proceso de revisión que incluyó cerca de 14.000 documentos con evidencia científica global sobre el cambio climático. La conclusión es irrefutable: la actividad humana es totalmente responsable de la transformación climática “sin precedentes” que vivimos hoy.

Según el documento, es “inequívoco que la influencia de la humanidad ha calentado la atmósfera, el océano y la tierra” y que debido al aumento constante en las emisiones de Gases de Efecto Invernadero, muchos de esos impactos y cambios serán “irreversibles”. En solo dos décadas, la temperatura del planeta podría sobrepasar los 1,5 °C de aumento; superando así, el límite establecido por más de 190 países en el Acuerdo de París de 2015 para evitar un colapso climático.

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Como lo explica El Espectador en su cubrimiento sobre el informe, “en un escenario de aumento de 1,5 °C es 1,5 veces más probable que se den lluvias más frecuentes a lo largo de diez años. Para un escenario de 2 °C, la probabilidad aumenta a 1,7. Sobre la intensidad de las lluvias, respectivamente, serían 10,5 % y 14 % más fuertes”. Esto evidencia que el aumento en temperatura tiene implicaciones en otros sistemas de soporte de la vida, como lo son los ciclos hídricos, los patrones de lluvias, y la disminución de la resiliencia de los ecosistemas por la pérdida de biodiversidad, entre otros.

¿La solución? “una reducción fuerte, rápida y sostenida de los gases de efecto invernadero”, pues cada medio grado cuenta y agrava radicalmente los efectos que se derivan de una temperatura en constante aumento. Pero, si bien una rápida respuesta de reducción de emisiones es urgente, esta puede ser complementada con acciones eficaces y de bajo costo como la manutención de ecosistemas y bioregiones que juegan un papel importante en la regulación del clima, y que proveen mecanismos que “enfrían” el planeta, como lo es la Amazonía.

¿Cuál es la situación en América Latina?

Es una de las regiones más afectadas por los fenómenos climáticos extremos: tormentas, inundaciones, sequías y olas de calor. Se estima que entre 1998 y 2020, estos desastres afectaron directamente a más de 277 millones de personas, según datos presentados recientemente en el informe “Estado del Clima en Latinoamérica y el Caribe 2020” de la Organización Meteorológica Mundial (OMM).

Fotografía 2: Jose Varón

Esta situación es consecuencia directa de las advertencias que hace el IPCC en su reporte: “lo más probable es que las temperaturas hayan aumentado en todas las subregiones de América Latina”, un incremento que se expresa en mayores desastres climáticos, como los anteriormente mencionados; en pérdida de glaciares, en Colombia, por ejemplo, el nevado Santa Isabel podría desaparecer para 2030; “en reducciones en el caudal de los ríos; en mayor aridez y sequías agrícolas aceleradas”, como lo señala el portal especializado en cubrimiento climático, Diálogo Chino.

Los incendios que se registraron en El Pantanal o temperaturas 10 grados por encima de lo normal en ciudades centroamericanas que se han vivido durante los últimos años son causa directa de este incremento en la temperatura, cuyos efectos también se evidencian en el aumento del nivel del mar. Un ejemplo claro es la relación entre el calentamiento del océano Atlántico, las escasas lluvias en la región y las condiciones de sequía en los bosques amazónicos.

Una Amazonía bien conectada puede cambiarlo todo

La Amazonía es un jugador decisivo, pues su peso en un lado específico de la balanza determina el funcionamiento de los sistemas que soportan todas las formas de vida en el planeta, incluyendo la nuestra. De una parte, es el bosque tropical más grande del mundo, hogar de más de 300 pueblos indígenas, hábitat de al menos el 10% de las especies conocidas y una de las fuentes de agua dulce más importantes; cada árbol de esta región es como una fuente que absorbe agua a través de sus raíces y la libera hacia la atmósfera en forma de vapor.

En conjunto, estos árboles liberan 20.000 millones de toneladas métricas de agua y crean un río volador más abundante que el río terrestre del Amazonas -uno de los más caudalosos del mundo- responsable de generar lluvias a más de 3.000 kilómetros de distancia; en su recorrido, alimenta no solo a los Andes, sino a diversas regiones en Brasil, Uruguay o Argentina y por eso es fundamental para el ciclo hidrológico de Suramérica. Como lo anota un artículo de la revista digital ‘Yale Environment 360’, “el agua que transpira diariamente un solo árbol tiene un efecto refrigerante equivalente al de dos aires acondicionados domésticos durante un día”.

Otra de sus funciones primordiales para la regulación del clima es la captura de carbono. Según cifras de WWF, los bosques amazónicos retienen entre 90.000 a 140.000 millones de toneladas métricas de carbono. Sin embargo, y debido a presiones y amenazas latentes y sostenidas como la deforestación, parte de la Amazonía brasileña ha pasado de ser un sumidero de carbono a liberarlo a la atmósfera y acelerar el cambio climático, tal como lo señala un estudio de la revista Nature publicado el pasado 14 de julio.

Ante el inminente aumento de temperatura, que podría superar los 2 °C durante este siglo, es urgente proteger bioregiones como la Amazonía, con especial énfasis en las áreas que aún permanecen intactas; una de ellas ubicada al norte del río Amazonas, con un área cuatro veces más grande que Francia, que abarca 267 millones de hectáreas de bosque continuo.

Fotografía 3: Juan Gabriel Soler

Hoy, cuando el mundo discute las metas que trazarán el rumbo de la humanidad para frenar la acelerada pérdida de biodiversidad, a través del Marco Global de Biodiversidad, y la crisis climática cada vez más agudizada, con la próxima COP26 que tendrá lugar en Glasgow, en octubre, la Fundación Gaia Amazonas y la Alianza Noramazónica -que reúne a ocho organizaciones de la sociedad civil- hacen un llamado a los tomadores de decisión y a los gobiernos amazónicos para plantear metas de protección mucho más ambiciosas que logren la salvaguarda de la Amazonía y la inclusión activa, equitativa y efectiva de los pueblos indígenas y sus territorios en las estrategias de conservación a gran escala.

En palabras de Martin von Hildebrand, fundador de la Alianza Noramazónica (ANA), “estamos convencidos de que el aporte más contundente de los países amazónicos a la lucha contra el cambio climático es el mantenimiento de la integridad de la Amazonía. Por eso, desde ANA estamos comprometidos con la salvaguarda de la conectividad ecosistémica y sociocultural en la región al norte del río Amazonas, el bosque tropical continuo más grande del mundo; lo que implica no solo el reconocimiento de los derechos territoriales de los pueblos indígenas que habitan allí, sino articularnos con ellos para hacer una mejor gestión de este territorio de manera conjunta”.

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